La batalla por Moscú
Artículo número 1
Tras la sonada victoria de Kiev vino la Operación Tifón, cuyo primer acto describo a continuación: La doble batalla de Viazma - Briansk comenzó el 30 de septiembre y finalizó el 13 de octubre. Fue una maniobra de limpieza esencial para dar paso a la segunda parte de Tifón. Esta vez se emplearon tres grupos Panzer, el II de Guderian en el sur, el IV de Kluge en el centro y el III de Hoeppner al norte del dispositivo. Se capturaron 673.000 prisioneros y fueron destruidos 1.242 carros y 5.142 cañones. Era imposible soñar algo mejor en aquel momento.
En Borodino, el 15 de octubre de 1941, aparecieron por vez primera los siberianos del mariscal Zhukov, llevados allí por orden de Stalin que ya no tenía nada que temer del Japón en Asia tras la firma del tratado de no agresión. En frente formaron tres divisiones: Das Reich, GrossDeutschland y Der Fhürer. De la primera quedaron algunos puñados de hombres en reducidas compañías; su general, fue gravemente herido, el valiente Hauser; pero se mantuvieron firmes, como si alguien los agarrara al suelo; mientras tanto, los carros de la 10ª División Blindada atravesaban el Moskova y sobrepasaban Mojaisk, en la autopista hacia Moscú, que ya sólo estaba a cien kilómetros el día 18 de octubre.
Hitler no se equivocó al pensar que la moral de los rusos estaba por los suelos, pero sólo tenían una posibilidad, morir o morir; porque a todos los que huyeran, los comisarios políticos los fusilarían, según la orden del 15 de julio de 1941. Pero después de tres semanas, las tropas que no eran de élite, no dudaban en huir o rendirse. Es evidente que en aquellos días de mediados de octubre el Ejército Rojo había perdido todo su potencial ofensivo y estaba literalmente "roto". Moscú estaba ahí. Sólo tenían que llegar y entrar triunfalmente. Nada se interponía en su camino. Stalin y el gobierno soviético al completo se trasladó a Kuibishev (aunque suele decirse que Stalin se quedó en Moscú), a unos 850 kilómetros al este. Sólo se quedó Beria y su Estado Mayor, mandando al NKVD. El Kremlin fue completamente minado, para reventarlo si se hacía preciso. Se llevaron la momia de Lenin, expuesta en la Plaza Roja. Nadie pudo ocultar a los ciudadanos aquellos hechos, ni tampoco la caída de Mojaisk. Las noticias corrían como la pólvora:
-¡Mojaisk ha caído! ¡Los Germanietski (alemanes) llegan!
Pronto huyó hasta la NKVD con Beria, y las fuerzas del orden se vieron desbordadas en Moscú. La ciudad volvía a hablar. Se sucedían las manifestaciones y se gritaba:
-¡Mueran los soviets! ¡Muerte a Stalin! ¡Viva la paz! ¡Abajo la guerra!
Se distribuían los impresos por toda la ciudad, impresos en contra del régimen.
Si el gobierno soviético se hubiera quedado en Moscú unas 48 horas más, es posible que hubieran sido devorados por las masas enfurecidas. La noticia de su partida desencadenó disturbios de extrema gravedad. La policía y la milicia que quedó en Moscú, poco podía hacer, y nada hicieron. Se quemaban los últimos archivos olvidados. Los comunistas eran ahorcados y juzgados en las calles. Los almacenes eran Fsaqueados, los trabajadores abandonaron sus trabajos por decenas de millares y se manifestaban en contra de Stalin. Los retratos de éste eran quemados, rajados, pisoteados. Los edificios gubernamentales y las embajadas fueron ocupadas por masas enfurecidas. Moscú, capital del comunismo mundial demostraba su odio al comunismo y se revelaba con carácter revolucionario.
Entre los dirigentes soviéticos que habían huido reinaba el mayor de los caos. Zhukov remplazó a Timochenko en la defensa de la ciudad. Bulganin fue designado comisario político en Moscú, trató de reimplantar el orden con fusilamientos masivos y detenciones. Se movilizaron a las armas a todos los hombres que pudieran empuñar un fusil; fusiles que por otra parte no había en Moscú en aquellos moFmentos. Fue declarado el estado de sitio. Día tras día se esperaba la entrada del primer carro alemán en las calles de Moscu, pero estos no aparecían.
Se minó todo Moscú: el Kremlin, los comisariados, los principales monumentos, los hospitales, las centrales eléctricas, las potabilizadoras, incluso barrios enteros; de manera que Moscú quedara reducido a la nada en pocos minutos. Más tarde Bulganin puso a trabajar a 800.000 ancianos, niños y mujeres de manera forzada y bajo amenaza de muerte; día y noche trabajaban para abrir cien kilómetros de fosas anticarro, 8.000 kilómetros de trincheras y trescientos kilómetros de fosas antitanque, al igual que en Leningrado. Millares de trabajadores murieron aquellos días. Al no estar organizados, los sublevados sucumbieron, pero hasta el 6 de noviembre el orden no se restableció en la ciudad. De no haber estado Bulganin, los contrarrevolucionarios se hubieran hecho con Moscú y la contrarrevolución pudo haberse extendido entre las tropas, pero los alemanes no hicieron nada para beneficiarse de la situación.
Seguramente Hitler debió de acordarse de la 7ª División aerotransportada que perdió inútilmente en Creta, que le pudo haber dado Moscú sin problemas; quizás en septiembre Leningrado y un año después Stalingrado o los petróleos caucasianos. Durante quince días los alemanes pudieron haber entrado en Moscú sin problemas. Y tres semanas más en las que Zhukov preparó el dispositivo de defensa. ¿Por qué no entraron en la Plaza Roja en aquel momento? Ahora mismo lo veremos. Uno de los salvadores de Moscú fue Richard Sorge, asunto acerca del cual hay un post colgado en operaciones especiales.
El invierno de 1941, fue muy precoz en Rusia. Las primeras nieves cayeron en el frente central en la noche del 6 al 7 de octubre. Las condiciones del terreno ruso y su meteorología en ningún momento ofrecieron ventajas a las maniobras ofensivas de los blindados alemanes; pues estos, al contrario que los rusos, habían sido diseñados para maniobrar por las carreteras francesas y de Centroeuropa; por tanto, los carros alemanes no tardaron en fallar. El más duro enemigo de los primeros meses fue el polvo. El polvo ruso, según dicen los ex - combatientes, es inimaginable si no se trata con él. Cegaba a los hombres y obstruía los motores de los vehículos, hasta detenerlos durante horas. No se podían sustituir los tanques averiados con eficacia; a menudo se podían entregar tan sólo la mitad de los motores requeridos. Un soldado con descanso se recupera. Un motor o se cambia o se repara.
Los soldados reclamaron la lluvia a gritos durante todo el verano. Parece ser que Dios debió de escucharles y comenzó a llover torrencialmente; el polvo dejó paso al barro. El polvo no impidió a los vehículos rodados progresar por las pistas y las carreteras de la estepa, pero el barro anegó los caminos. Las carreteras quedaban inundadas por grandes ríos temporales. Los vehículos se atascaban y el Ejército alemán quedó sepultado en las tierras rusas. Muchas unidades no pudieron progresar en dos o tres días, quedando paradas sin remedio. Se tuvieron que remolcar las máquinas motorizadas con tractores de artillería; cuando estos quedaron anegados, los mismos soldados y caballos tuvieron que tirar de los vehículos. El reconocimiento aéreo resultó imposible por el mal tiempo y las pocas unidades motorizadas que podían avanzar, a menudo patinaban en el barrizal.
Enormes vacíos se abrían en los dispositivos alemanes y era muy difícil tapar aquellas brechas; esto ocurría cuando se encontraba un puente destruido o un campo de minas. Las tropas que avanzaban sobre Moscú, tuvieron unos días de descanso a finales de octubre, para llevar a cabo un reagrupamiento y dar descanso a los soldados. Las primeras nieves se fundieron y la lluvia volvió a caer torrencialmente, mezclada esta vez con copos de nieve; "esto empeoró la situación hasta extremos inimaginables", dijo Guderian. Con frecuencia los soldados confundían los torrentes barrosos con carreteras, esto acarreaba grandes desgracias. La 19 División Blindada, que parecía entraría en la capital en cualquier momento, quedó detenida en el segundo cinturón de defensa a orillas del Nara. La 19 DB no tenía nada por delante, Moscú estaba en sus manos. Pero las divisiones alemanas quedaron empantanadas en aquel gran océano de barro.
Otra vez hubo que remolcar a los vehículos. No había remolques suficientes y los hombres hicieron sus veces. Las cocinas de campaña no seguían a los ejércitos y no se permitía recurrir a los suministros de emergencia. Se efectuaba el suministro por avión, unas doscientas toneladas diarias por división; aquello resultó ser una tarea imposible; ya que en ocasiones, ni los mismos aviones alemanes podían despegar debido a la congelación de sus motores. Se hizo necesario parar. ¿Pero saben qué? Hitler no tenía ni idea de la situación de sus soldados en el frente del Este. Todo le fue comunicado cuando ya no había solución. Los informes de las unidades que avanzaban a Moscú eran modificados por los caballeros del OKH (Mando Supremo del Ejército), de manera que le hacían ver una versión falsa de los hechos.Durante la reunión de Hitler con el jefe de alguna de estas unidades que avanzaban a Moscú, los caballeros del monóculo preparaban convenientemente al desgraciado general, para que así mintiera a Hitler. Pobre de aquel que le decía la verdad a su Führer sin tener en cuenta las advertencias del Estado Mayor de este último.
Todo aquel ejército que queda parado, es un ejército perdido. Todas las carreteras quedaron embotelladas. Los caminos de tierra como imaginareís no se podían utilizar. Por si fuera poco, los alemanes no habían podido sustituir el ancho de las vías soviéticas por el de las alemanas, con lo que las vías férreas no se podían utilizar.
El 20 de octubre el Grupo de Ejércitos Centro quedó bloqueado por el barro. Aquello motivó el desánimo de las tropas, que malgastaban sus fuerzas día tras día, noche tras noche. Fueron tres semanas terribles en las que perdieron gran cantidad de material y la posibilidad de una victoria absoluta antes del invierno. Es difícil imaginar la desesperación e impotencia de los mejores soldados del mundo, que habían conquistado toda Europa, superando a un enemigo valiente, muy superior en número y bien armado; quedando a las puertas de la guarida enemiga, esperándoles al fondo del horizonte, con todo el camino libre para ellos, cubiertos de barro y hambrientos como ratas.
De no haber reducido a la impotencia al Ejército Rojo, le habría resultado muy fácil asestar un golpe mortal a los desesperados soldados alemanes; prisioneros del barro y víctimas de un penoso servicio de intendencia, del que podemos decir en su defensa, que antes de la operación Barbarroja, advirtió que no podría llevar a cabo un suministro eficaz a más de 500 km; a pesar de todo poco más se podía hacer para mejorar la triste situación de los soldados; mientras tanto, otras instituciones como la Luftwaffe hacían lo imposible. Aquí se demostró el escaso poder de improvisación alemán, prisioneros de un plan fijo, calculado al milímetro pero sin alternativas. Aun así, aún quedaban soldados que proporcionaron ideas campesinas al ser ellos de ascendencia campestre. Se requisaron carros y caballos y en muchos casos los suministros siguieron llegando. El Ejército Rojo ya sabía lo que se iban a encontrar los alemanes, sus ventajas eran muchas: sus T - 34 de anchas orugas iban por el barro con toda tranquilidad.
Pero los alemanes aún tenían que sufrir una última plaga: el frío. Como de la nada surgió del 3 al 4 de noviembre. Una gran helada cayó aquella noche. El suelo se endureció y por fin los carros pudieron avanzar sobre el terreno helado. Se reorganizaron los convoyes. Los soldados tuvieron que parar y descansar de aquellas terribles tres semanas, que habían puesto a prueba su capacidad de resistencia hasta extremos inimaginables. El frío los hacía temblar entre sus mantas y capotes. Las botas de campaña eran buenas conductoras del frío: "Estaréis mejor con sólo unas zapatillas de lana", les dijeron los finlandeses a sus camaradas alemanes.
El hielo y la nieve evitaron en aquel momento que las ropas no se suministraran con eficacia y de forma masiva, así como el anticongelante, el aceite y las cadenas para los tanques.
Las opiniones de detener la ofensiva o no hacerlo eran diversas. El mariscal Von Bock afirmó que se podía forzar la victoria. Keitel pensó que los rusos estaban al borde del colapso y se debía dar el golpe de gracia. Hitler no quedó convencido y estaba persuadido de que aquel iba a ser el peor invierno ruso en cien años. El general Greiffenberg, convenció a Hitler el 13 de noviembre en Orcha de que era necesario tomar Moscú "desde el punto de vista militar y psicológico. El Ejercito sufrirá el frío de todas maneras". Esta teoría fue apoyada fervientemente por Von Brauchitsch y Von Bock. También afirmó que la ofensiva era preferible a una invernada, en eltranscurso de la cual las líneas de comunicación podrían ser cortadas por los partisanos que infestaban la retaguardia. Así pues había que tomar Moscú, este era el gran deseo del Estado Mayor del OKH.
Pero no creaís, la situación del Ejercito Rojo era mucho más desesperante que la de los alemanes. Todo parecía perdido entonces para Stalin, pero no desesperó, a pesar de no haber recibido todavía el mensaje desde Tokio del hábil Richard Sorge. A partir de noviembre de 1941 hasta la batalla de Stalingrado, las victorias y las derrotas en el frente del Este, no estuvieron pendientes mas que de un hilo... telefónico. El 6 de noviembre, Stalin tuvo que reconocer que el Ejercito Rojo había perdido 720.000 muertos o desaparecidos y tenía 1.020.000 heridos. La realidad era que estos números eran el doble de grandes. El número de prisioneros rusos fue silenciado, eran unos 2.900.000. Ningún país podía defender dignamente su capital (pensó Hitler con todo el derecho) con seis millones de soldados fuera de combate, habiendo dejado todo el material y 9.000 carros perdidos. Muchos generales no llegaron a comprender lo necesario que era proseguir con la ofensiva, Hitler tenía la obligación de llevar hasta el final aquello que había empezado. Si Stalin hubiera sido como estos generales, hubiese capitulado en septiembre. Lo que algunos generales como Von Leeb pretendían, era una retirada general de más de un centenar de kilómetros. Las consecuencias de semejante acción podrían ser incalculables.
Moscú estaba tan cercano y hubiera sido tan bueno para la moral de todo el frente alemán la caída de la capital, que era necesario emprender el ataque final. Así que a finales de noviembre todos los jefes de formaciones blindadas, Hoeppner, Reinhardt y Guderian avanzaron por el extremo Sur, hacia la capital. Al Norte el XIII Ejercito ruso fue fragmentado por Reinhardt, mas al Sur Hoeppner obligaba a Rokossovsky a retirarse más allá de Moussino. Los carros de Guderian derrotaron al L Ejército de Bordin de un plumazo. Moscú hubiera caído de haber sostenido la ofensiva de Guderian por el centro el general Von Kluge (este estaba celoso de Guderian y no podía soportar la idea de que fuese Karl Heinz el primero en alcanzar la capital). Avanzó sólo tres días después. Como vemos, las rivalidades, una vez más primaron para algunos generales alemanes. Mientras, en el Norte, Reinhardt y Hoeppner proseguían con su rápido avance.
A partir del 15 de noviembre, Stalin dio la orden general de contraofensiva: "Ataque en el plazo de diez minutos - decía a sus jefes de regimiento -. De otra manera, todos los oficiales comparecerán ante un consejo de guerra". Los rusos contraatacaron.
A pesar de todo, la victoria de las armas alemanas parecía inminente. El 29 de noviembre, una formación motorizada de la división blindada de Hoeppner llegó hasta Khimki, suburbio de Moscú situado a unos ocho kilómetros de la Plaza Roja. El coronel Von Manteuffel y su 4ú Regimiento de tiradores atravesaron el canal Moskova - Volga y conquistaron la gran central eléctrica de la capital rusa. El día 30, el coronel Rodt y sus soldados, barriendo a una división de mongoles, se apoderó de la estación de Lobnia; Moscú estaba a 17 kilómetros para ellos en aquel momento. Mas al Sur, la 10ª División Blindada abrió el paso al 86ú regimiento de tiradores que conquisto el puente de Bucharevo, mientras tanto la división Das Reich SS tomaba Polevo, Vysokovo a 23 kilómetros del Kremlin, dejando en el camino totalmente exterminada a la 78ª División de tiradores siberianos, que se dejaron matar sin moverse. Tras las murallas del Kremlin aguardaban lo inevitable. El día 30 de noviembre, Pravda lanzo un comunicado en el que anunciaba que los emboscados que sembraran el pánico y los especuladores serían fusilados, medidas que recuerdan a las que más tarde adoptaría Hitler en el momento en que los soviéticos entraban en Alemania.
El cerco se iba cerrando peligrosamente. El día 1 de diciembre, el XX Cuerpo de infantería penetró profundamente en el último cinturón defensivo de los rusos en Naro - Fominsk, llegando a 40 kilómetros de la Plaza Roja. Pero se les terminaron la gasolina y las municiones. La 3ª División brandeburguesa tuvo que detenerse, al igual que su acompañante la 258ª División de infantería. En el Sur, la 197ª División de infantería y la 7ª División bavara habían esbozado un movimiento que hubiera podido ser decisivo. Tropezó con los obstinados siberianos muy superiores en número. Los combates prosiguieron durante diez días, finalmente tuvieron que retirarse los alemanes. El mayor avance lo llevó a cabo la Das Reich SS, que llegó el día 4 a la terminal del sistema de tranvías de Moscú, a unos 5 kilómetros de la Plaza Roja. Mientras tanto el gran Guderian, que había partido desde una posición un tanto alejada a unos 150 kilómetros de Moscú, los rusos advirtieron su movimiento, quedó frenado delante de Tula, en el borde de la ultima línea defensiva. El general Guderian se vio obligado a combatir con una proporción de uno contra siete. Cuando a punto estaba de cerrar el cerco entorno a Tula, los siberianos frenaron sus aspiraciones en particular su 239ª División. Aguantó en penosas condiciones hasta el 5 de diciembre. El día 6 se vio obligado a retirarse tras tres días de duros combates en gran inferioridad numérica. Los rusos sabían perfectamente cuales iban a ser los movimientos alemanes y, además, el fracaso de Guderian, la impotencia, el desaliento y los errores de Hoeppner se explican: no mandaban ya a los mismos hombres y estos no disponían de las mismas armas y máquinas, ni con frecuencia comían lo suficiente. Los pobres mecánicos tenían que encender pequeñas hogueras bajo los blindados para mantener calientes los motores, mientras a los rusos, a los que no les escaseaba la gasolina, podían dejarlos encendidos toda la noche.
La Werhmacht ya no era el mecanismo de precisión de junio de 1941, ni de Polonia, Francia, Noruega y Grecia. A pesar de eso, Hoeppner acometió una retirada precipitada, el jefe del IV Ejército blindado indignó a Hitler y le separó del servicio prohibiéndole llevar el uniforme, entonces Hitler no sabía que Hoeppner era uno de sus mas feroces enemigos y estuvo dispuesto a detenerle en 1938 - 1939. Hitler se comportó de manera totalmente injustificada con Guderian, que fue separado del servicio por recomendación del envidioso Von Kluge, que también conspiraba secretamente contra el general. Sepp Dietrich, comandante de la Leibstandarte de Hitler no le ocultó su opinión a su Führer: "Guderian ha sido victima de una venganza". Hitler ordenó que se abriera una investigación y así se descubrió de que le habían ocultado la verdad de los hechos, ni sobre los hombres ni sobre las maquinas. La mentira lo puede todo.
La legión de voluntarios franceses contra el bolchevismo luchó con gran valor. Tan mal equipada como toda la infantería, se comportó con un valor extremo. A -50ú, el 1 de diciembre tomó difíciles posiciones y las mantuvo en una inferioridad de uno contra cinco, hasta el 7 de diciembre, perdiendo el 80 por 100 de sus efectivos. Al sur del lago Helado, en Djukobo fue donde franceses y alemanes lucharon codo con codo. Fueron castigados cruelmente. Hitler no creyó al principio en estas unidades voluntarias como bien afirmó. Y sin embargo, aquellos fueron los hombres que lucharon hasta el final, participando en la defensa de Berlín, de la mismísima Cancillería. Así le demostraron a Hitler cuanto se había equivocado al menospreciar sus servicios.
Que habría sido de la URSS de haber tenido las mismas carreteras que Francia o Alemania, quizás no hubiera durado más que Francia. El caso es que tenían que haber contado con ello los miembros del Estado Mayor de Hitler y el mismo Adolf claro, todo debería haberse previsto. Es muy cierto. Sin embargo, el polvo, la lluvia, el barro, la nieve, el frío, los erroresde la intendencia y los servicios de suministros, la débil Luftwaffe (que por aquel entonces contaba con grandes pilotos pero escasos medios), el desgaste mecánico de los aparatos, el valor de las tropas rusas, sus nuevas armas como los T - 34 o los lanzacohetes Katiusha unido todo a las perdidas alemanas que eran 750.000 hombres heridos, prisioneros, muertos o desaparecidos no explican lo ocurrido.
De haberse podido enfrentar la Werhmacht al Ejército Rojo en el estado en que se encontraba tras la batalla de Briansk, los rusos hubieran sido derrotados. Pero claro, los hechos fueron bien diferentes, todo lo demás es pura especulación.
Pero los alemanes ya no disponían de reservas y tenían a las tropas esqueléticas en muchos casos, mientras que los rusos disponían de tropas frescas constantemente. Únicamente estos soldados y la colaboración inestimable del que allí los llevó ganaron aquella batalla perdida. Aquel hombre no fue ni Stalin, ni Zhukov, ni Bulganin (aunque estos tuvieron algo de culpa como habrán podido ver) sino un espía de nacionalidad alemana llamado Richard Sorge, miembro del partido comunista de Hamburgo desde 1919 e ingresa en el NSDAP el 1 de octubre de 1934. El mismo Sorge dijo de si mismo: "Era imposible hacerlo mejor."
El día 2 de julio de 1941, inmediatamente después de celebrarse un consejo imperial, Sorge anuncio a Moscú que el gobierno japonés estaba decidido a actuar en el Sur y que probablemente respetaría el tratado de neutralidad con la URSS A principios de agosto, Sorge indicó que del millón de hombres que acababan de movilizarse, tan sólo un pequeño contingente iría a Manchuria. A principios de octubre, Sorge preciso que la marina japonesa estaba decidida a avanzar hacia el Sur. Finalmente el 6 de octubre informaba a Moscú: "El gobierno japonés ha decidido emprender una gran ofensiva hacia el Sur; no se debe temer un ataque del Ejercito de Kwantung sobre la frontera siberiana o cualquier otro movimiento ofensivo contra la URSS." Todos estos hechos se conocen por boca de Ozaki. Así se pudieron liberar las tropas siberianas que se lanzarían sobre los alemanes en su desesperado avance sobre Moscú.
Fuentes:
TREVOR - ROPER, Hugh: Las conversaciones privadas de Hitler
SOLAR, David: La caída de los dioses. Los errores estratégicos de
Hitler
REVISTA SERGA: Operación Barbarroja
MILLETT, A.R. y MURRAY, W.: La guerra que había que ganar
HEIBER, Helmut: Hitler y sus generales
BERTIN, Claude: Objetivo, Moscú