Publicado: Jue Nov 30, 2006 3:15 am
Diez trenes alemanes debían salir aquella noche. Y antes de atardecer se produjeron once nuevos atentados en la estación o en el depósito. Las explosiones eran la nota de la jornada. Se arrancaron vías, una plataforma giratoria quedó destruida y tres locomotoras inutilizadas.
Al día siguiente, el enemigo respondió colocando centinelas en todas partes para vigilar el material. Además, como medida de represalia, detuvo al azar a seis rehenes.
Albert, el mocetón de Montceau-les-Mines, con su pelambre rizada, estaba engrasando su máquina cuando el centinela le puso la mano en el brazo; apenas volvió la cabeza. Aquello tenía que acabar así; siempre lo supo. Dejó tranquilamente su aceitera, se secó las manos en el mono y siguió a los soldados con paso tardo y pesado.
Ernest, el maquinista, trabajaba debajo de su locomotora. Oyó primero el ruido de las botas, luego el ruido cesó y vio las cuatro botas paradas ante él, con las dos culatas de fusil, tal como se ven los pies de las personas mayores cuando de pequeño se mete uno debajo de una mesa para jugar. En el momento en que el soldado se inclinó para llamarle, tuvo un movimiento de retroceso, como para hundirse en las entrañas de la máquina y desaparecer en su noche protectora. Pero no hubo milagro. El sabía bien que no habría milagro.
Al empleado Charbin fueron a buscarle detrás de su ventanilla, cuando estaba escribiendo en un libro registro cuadriculado con su bella y perfecta caligrafía. A la primera palmada dada en la ventanilla no se movió. Quizá quería acabar una palabra; quizá pensaba que aquello no corría prisa; quizá lo había comprendido todo y se tomaba tiempo para reunir fuerzas. Al segundo golpe se irguió, despues de haber colocado delicadamente su cortaplumas en el tintero.
Se llevaron también a Henri, que aún no tenía diecinueve años. Leyeron tan claramente el deseo de huir en sus ojos que le cogieron a cada uno de un brazo y le dieron un empujón. Después de esto y hasta el final se portó como un hombre.
Luego pasaron al vestuario a prender a Lesourd y a Perreux, que se estaban vistiendo en aquellos momentos porque habían estado de turno durante la noche. Es duro que le detengan a uno cuando ha pasado la noche sin dormir, pero como eran dos, cada cual se sintió un poco amparado y no perdieron el aplomo.
Unos minutos después avanzaban los seis en fila a lo largo del andén, escoltados por soldados, y los compañeros paraban el trabajo para verlos pasar.
Iban ahora los seis a la altura de los almacenes de facturación, de cara a la pared. Resonó una orden el alemán y oyeron a los alemanes mover sus pies y sus armas detrás de ellos.
Chirrió una bomba neumática. La inmensa estación hormigueaba y zumbaba como de ordinario. Dentro de unos minutos se oiría el silbido del expreso de las 10 h 27. Todo era exactamente como de costumbre. Todo continuaba y continuaría. Para seis hombres únicamente sólo quedaban aquellas órdenes en lengua extranjera que les depojaban de su vida. Y aquella pared, ante ellos, que los aislaba del mundo. Una orden más en alemán. Luego unas salvas. Y el choque blando de los cuerpos en la tierra.
Al ruido de los tiros, el trabajo se había interrumpido en el depósito de locomotoras. En sus máquinas, maquinistas y fogoneros contemplaban petrificados aquella fila de seis hombres..., cinco..., ahora cuatro. Cuatro hombres que hubieran podido ser ellos. Cuatro espaldas inmóviles que esperaban.
Y ellos, durante este tiempo, impotentes, humillados ante aquel espectáculo que ejecutaban ante ellos para "enseñarles a vivir". Lampin, el maquinista, no aguantó más. Tocó el silbato de su máquina. El pitido desgarró el aire largamente. Luego otra vez..., y otra. el pitido resonaba en el aire como un reclamo. Y de pronto el vecino hizo otro tanto; había comprendido.
Entonces todas las locomotoras respondieron. Fue una inmensa lamentación aguda que hacía trizas los nervios, como si el cielo aullara. Hubiera uno querido taparse los oídos. Pero, de haberlo hecho, hubiese sido una cobardía. Aquel era el saludo fraternal de los camaradas que hacían saber a los que iban a morir que para ellos también todo había cambiado. Y que se acordarían.
En el P.M., los "banof" están agobiados. Ordenes, contraórdenes, amonestaciones, llueven de la "Transportkommandantur". Cada día, en efecto, los retrasos son más numerosos y los sabotajes más audaces. Los ferroviarios tenían ahora una coartada: deterioraban el material fuera de las estaciones y todo se inscribía en la cuenta del maquis.
En esto llegó un buen día, bajo sobre cerrado, una orden de la T.K. para formar un convoy de doce trenes con el nombre de "Apfelkern", el primer tren llevando el número S 1504-322-345-SPS. Como de costumbre, el "banof" Weissmüller transmitió la orden a dos empleados de tracción y de explotación y vigiló sus conversaciones telefónicas.
-Ya te había dicho yo que preparaban un embarque de tropas- susurró Camargue-. No pasarán inadvertidos los doce trenes. Solo es preciso dejar actuar al maquis.
Athos movió la cabeza. Se había acercado al mapa y lo estudiaba atentamente.
- No van a ser tan locos que vayan por la línea principal - dijo -. Saben que les espera. Intentarán dar un golpe de audacia yendo por la vía única. El trayecto es más largo, pero creerán que es más seguro. Se las dan de listos. Y ¿ves el puente de Corbin? - añadió -. Bastaría volarle.
Camargue se avergonzaba ya de haber pensado en dejarle al maquis la tarea de ocuparse del convoy.
- No comprendo cómo el maquis no ha volado ese puente - refunfuñó -. Quizá podríamos...
Se cortó en seco ante la risa silenciosa de Athos y se llamó a sí mismo imbécil.
En este momento el "banof" les alargó un papel.
- Dirección estación de Corbín - leyó Athos, y añadió en voz baja -: ¿No te decía yo que tomarían la vía secundaria?
Mediada la jornada, Camargue, para desentumecerse las piernas, y a pesar del calor, fue a dar una vueltecita por las vías de selección de material. Asistió de este modo a los últimos preparativos. Los trenes acababan de ser formados. Las tropas alemanas terminaban allí mismo el cargamento, subían a los vagones las cajas de municiones y los bidones de gasolina y a las bateas, los tanques y los cañones antiaéreos, que camuflaban con ramaje. Los alemanes, a pesar de sus pamtalones cortos, sudaban a chorros bajo los fardos y la granizada de órdenes que les daban sus oficiales. En cuanto alguno se paraba para tomar aliento, un "schnell!" restallante como un latigazo le recordaba su deber.
Camargue volvió a su despacho en el instante en que sonaba el teléfono; Athos descolgó el auricular, y la sonoridad del aparato permitió que todo el personal de la oficina, aguzando las orejas, pudiese oír la comunicación.
-¡Oiga! Aquí la estación de Corbin. Acaban de volar el puente.
-¡Siempre lo mismo! - gruñó el "banof" corriendo el mapa.
- El convoy "Apfelkern" no podrá ya tomar la vía única - dijo con tono indiferente -. Habrá que utilizar la línea principal.
- Ya lo sé; he comprendido - respondió Weissmüller, irritado.
Estudió el mapa milímetro por milímetro, con la esperanza de descubrir un camino en el que nadie hubiera pensado. Imaginaba la escena: la rabia de aquellos franceses, furiosos al ver sus esperanzas frustradas y al tener que reconocer que un alemán sabía su oficio mejor que ellos. Pero el resultado de su estudio fue negativo.
Continuará...
Fuente texto: René Clément y Colette Audry. Traducido del francés y condensado del libro "Bataille du rail", publicado por el Comptoir Français de Diffusión, París. (Gran crónica de la IIª Guerra Mundial de Reader´s Digest, Tomo 3 página 119)
Fuente fotografía: Varias internet.
Al día siguiente, el enemigo respondió colocando centinelas en todas partes para vigilar el material. Además, como medida de represalia, detuvo al azar a seis rehenes.
Albert, el mocetón de Montceau-les-Mines, con su pelambre rizada, estaba engrasando su máquina cuando el centinela le puso la mano en el brazo; apenas volvió la cabeza. Aquello tenía que acabar así; siempre lo supo. Dejó tranquilamente su aceitera, se secó las manos en el mono y siguió a los soldados con paso tardo y pesado.
Ernest, el maquinista, trabajaba debajo de su locomotora. Oyó primero el ruido de las botas, luego el ruido cesó y vio las cuatro botas paradas ante él, con las dos culatas de fusil, tal como se ven los pies de las personas mayores cuando de pequeño se mete uno debajo de una mesa para jugar. En el momento en que el soldado se inclinó para llamarle, tuvo un movimiento de retroceso, como para hundirse en las entrañas de la máquina y desaparecer en su noche protectora. Pero no hubo milagro. El sabía bien que no habría milagro.
Al empleado Charbin fueron a buscarle detrás de su ventanilla, cuando estaba escribiendo en un libro registro cuadriculado con su bella y perfecta caligrafía. A la primera palmada dada en la ventanilla no se movió. Quizá quería acabar una palabra; quizá pensaba que aquello no corría prisa; quizá lo había comprendido todo y se tomaba tiempo para reunir fuerzas. Al segundo golpe se irguió, despues de haber colocado delicadamente su cortaplumas en el tintero.
Se llevaron también a Henri, que aún no tenía diecinueve años. Leyeron tan claramente el deseo de huir en sus ojos que le cogieron a cada uno de un brazo y le dieron un empujón. Después de esto y hasta el final se portó como un hombre.
Luego pasaron al vestuario a prender a Lesourd y a Perreux, que se estaban vistiendo en aquellos momentos porque habían estado de turno durante la noche. Es duro que le detengan a uno cuando ha pasado la noche sin dormir, pero como eran dos, cada cual se sintió un poco amparado y no perdieron el aplomo.
Unos minutos después avanzaban los seis en fila a lo largo del andén, escoltados por soldados, y los compañeros paraban el trabajo para verlos pasar.
Iban ahora los seis a la altura de los almacenes de facturación, de cara a la pared. Resonó una orden el alemán y oyeron a los alemanes mover sus pies y sus armas detrás de ellos.
Chirrió una bomba neumática. La inmensa estación hormigueaba y zumbaba como de ordinario. Dentro de unos minutos se oiría el silbido del expreso de las 10 h 27. Todo era exactamente como de costumbre. Todo continuaba y continuaría. Para seis hombres únicamente sólo quedaban aquellas órdenes en lengua extranjera que les depojaban de su vida. Y aquella pared, ante ellos, que los aislaba del mundo. Una orden más en alemán. Luego unas salvas. Y el choque blando de los cuerpos en la tierra.
Al ruido de los tiros, el trabajo se había interrumpido en el depósito de locomotoras. En sus máquinas, maquinistas y fogoneros contemplaban petrificados aquella fila de seis hombres..., cinco..., ahora cuatro. Cuatro hombres que hubieran podido ser ellos. Cuatro espaldas inmóviles que esperaban.
Y ellos, durante este tiempo, impotentes, humillados ante aquel espectáculo que ejecutaban ante ellos para "enseñarles a vivir". Lampin, el maquinista, no aguantó más. Tocó el silbato de su máquina. El pitido desgarró el aire largamente. Luego otra vez..., y otra. el pitido resonaba en el aire como un reclamo. Y de pronto el vecino hizo otro tanto; había comprendido.
Entonces todas las locomotoras respondieron. Fue una inmensa lamentación aguda que hacía trizas los nervios, como si el cielo aullara. Hubiera uno querido taparse los oídos. Pero, de haberlo hecho, hubiese sido una cobardía. Aquel era el saludo fraternal de los camaradas que hacían saber a los que iban a morir que para ellos también todo había cambiado. Y que se acordarían.
En el P.M., los "banof" están agobiados. Ordenes, contraórdenes, amonestaciones, llueven de la "Transportkommandantur". Cada día, en efecto, los retrasos son más numerosos y los sabotajes más audaces. Los ferroviarios tenían ahora una coartada: deterioraban el material fuera de las estaciones y todo se inscribía en la cuenta del maquis.
En esto llegó un buen día, bajo sobre cerrado, una orden de la T.K. para formar un convoy de doce trenes con el nombre de "Apfelkern", el primer tren llevando el número S 1504-322-345-SPS. Como de costumbre, el "banof" Weissmüller transmitió la orden a dos empleados de tracción y de explotación y vigiló sus conversaciones telefónicas.
-Ya te había dicho yo que preparaban un embarque de tropas- susurró Camargue-. No pasarán inadvertidos los doce trenes. Solo es preciso dejar actuar al maquis.
Athos movió la cabeza. Se había acercado al mapa y lo estudiaba atentamente.
- No van a ser tan locos que vayan por la línea principal - dijo -. Saben que les espera. Intentarán dar un golpe de audacia yendo por la vía única. El trayecto es más largo, pero creerán que es más seguro. Se las dan de listos. Y ¿ves el puente de Corbin? - añadió -. Bastaría volarle.
Camargue se avergonzaba ya de haber pensado en dejarle al maquis la tarea de ocuparse del convoy.
- No comprendo cómo el maquis no ha volado ese puente - refunfuñó -. Quizá podríamos...
Se cortó en seco ante la risa silenciosa de Athos y se llamó a sí mismo imbécil.
En este momento el "banof" les alargó un papel.
- Dirección estación de Corbín - leyó Athos, y añadió en voz baja -: ¿No te decía yo que tomarían la vía secundaria?
Mediada la jornada, Camargue, para desentumecerse las piernas, y a pesar del calor, fue a dar una vueltecita por las vías de selección de material. Asistió de este modo a los últimos preparativos. Los trenes acababan de ser formados. Las tropas alemanas terminaban allí mismo el cargamento, subían a los vagones las cajas de municiones y los bidones de gasolina y a las bateas, los tanques y los cañones antiaéreos, que camuflaban con ramaje. Los alemanes, a pesar de sus pamtalones cortos, sudaban a chorros bajo los fardos y la granizada de órdenes que les daban sus oficiales. En cuanto alguno se paraba para tomar aliento, un "schnell!" restallante como un latigazo le recordaba su deber.
Camargue volvió a su despacho en el instante en que sonaba el teléfono; Athos descolgó el auricular, y la sonoridad del aparato permitió que todo el personal de la oficina, aguzando las orejas, pudiese oír la comunicación.
-¡Oiga! Aquí la estación de Corbin. Acaban de volar el puente.
-¡Siempre lo mismo! - gruñó el "banof" corriendo el mapa.
- El convoy "Apfelkern" no podrá ya tomar la vía única - dijo con tono indiferente -. Habrá que utilizar la línea principal.
- Ya lo sé; he comprendido - respondió Weissmüller, irritado.
Estudió el mapa milímetro por milímetro, con la esperanza de descubrir un camino en el que nadie hubiera pensado. Imaginaba la escena: la rabia de aquellos franceses, furiosos al ver sus esperanzas frustradas y al tener que reconocer que un alemán sabía su oficio mejor que ellos. Pero el resultado de su estudio fue negativo.
Continuará...
Fuente texto: René Clément y Colette Audry. Traducido del francés y condensado del libro "Bataille du rail", publicado por el Comptoir Français de Diffusión, París. (Gran crónica de la IIª Guerra Mundial de Reader´s Digest, Tomo 3 página 119)
Fuente fotografía: Varias internet.