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La batalla del rail

Relatos, entrevistas...

Moderador: ParadiseLost

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La batalla del rail

Notapor Falls el Jue Nov 30, 2006 3:15 am

Bajo los mismos ojos de los alemanes, los ferroviarios franceses escribieron algunas de las más bellas páginas de la historia de la Resistencia. Para realizar su célebre película "La batalla del rail", René Clément hizo una minuciosa encuesta a todos los sectores de la resistencia ferroviaria. Su relato hecho en unión de Colette Audry, es el auténtico testimonio del admirable combate que libraron "los del rail" para que viviera Francia.

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Las vicisitudes de la amistad, el odio al ocupante, la irresistible tentación de utilizar el arma que tenían a mano y la sólida camaradería en el oficio, que Vichy no había podido ahogar al mismo tiempo que había ahogado a las organizaciones sindicales, hizo que poco a poco se lanzaran los ferroviarios a la batalla.
Batalla solapada al principio, en que la inercia, la simple aplicación de los reglamentos y los pequeños trucos dieron a los vencidos sus primeras armas. Luego empezaron a formarse núcleos, que se ramificaron.
Los mandos sindicales seguían mandando. Se establecieron contactos a escala nacional y los ferroviarios comenzaron a forjar una de las armas más temibles de la Resistencia.
El enemigo había querido controlar los ferrocarriles y, con los ferrocarriles, el pais entero. Este instrumento de dominación se volvió en la hora crítica contra él para desorganizar sus enlaces y paralizar sus movimientos.
Para regir el sistema ferroviario era indispensable controlar cuidadosamente los P.M., los puestos de mando que regulaban y determinaban la marcha de los trenes, siguiendo sus movimientos en un recorrido determinado gracias a su sistema de comunicaciones directas con todas las estaciones y los cambios de agujas de su sector. Así, pues, en cada P.M. los alemanes instalaron con carácter permanente uno o varios de sus empleados de ferrocarriles encargados de vigilar a los franceses y asegurar la prioridad a sus convoyes.

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Un saboteador colocando un cordón de cargas explosivas en los raíles.

Estos empleados, a quienes nuestros ferroviarios apodaban "banofs", deformación del término "bahnhof", que significa estación en alemán, estaban en relación con la T.K, o Transportkommandatur, a la que informaban y de quien recibían las órdenes. Tal era, en rasgos generales, la armazón, el corsé de hierro que oprimía la organización del sistema ferroviario.
Las órdenes transmitidas por la Transportkommandatur eran a su vez comunicadas por los diversos técnicos del P.M a quienes tenían la misión de ejecutarlas. En la transmisión y ejecución de estas órdenes se basó el sabotaje que emplearon durante cuatro años los ferroviarios para desarticular el aparato militar enemigo. En este terreno, todo empezó siendo una pura cuestion de matices: por ejemplo, en el despacho del vigilante suena el timbrazo del teléfono. El empleado descuelga. La T.K reclamala formación de un tren de mercancías de 50 vagones (un T.C.O., transporte en curso de operaciones).
-¿Un T.C.O.?- precisaba con cuidado.
-¿Un T.C.O.? ¡Entendido!
Allá en las vías los vagones se alineaban lentamente. Cuando todos estaba enganchados, intervenían los inspectores, que en compañía de un "banof" inspeccionaban el tren. Los inspectores se preocupaban del buen estado y la seguridad de los T.C.O. con especialísima solicitud. Era muy raro que en mitad del tren, precisamente en la mitad, no descubrieran un vagón que no se hallaba en condiciones de circular.
-Este está mal.-¡No!- decía el "banof", inquieto por el retraso en perspectiva.
-Sí, sí. Este vagón hay que repararlo.-¿Cuanto tiempo se tardará en retirarlo?- preguntaba el "banof".
-Lo retiramos en veinte minutos.-Es demasiado- protesta el alemán quejándose.
Había que cortar el tren en dos, maniobrar e ir en busca de otro vagón. Durante este tiempo, dos obreros se ocupaban del engrase. A algunos no les faltaba inventiva. Con una aceitera de doble fondo, por ejemplo, podía echarse aceite en los ejes cuando miraba el "banof" y arena cuando volvía la espalda. Los tubos con empalmes de goma se podían embadurnar tambien en aceite, al que se le había añadido ácido sulfúrico. Bastaba pensar un poco y conocer bien el propio oficio. Y esto podía hacerse por iniciativa propia y sin formar parte aún de ninguna organización de resistencia.

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En las distintas líneas, el enemigo había tenido que reconocer abiertamente la existencia de sabotaje. Sus carteles cubrían ahora las paredes de las estaciones y los postes a lo largo de las vías. Para los ferroviarios esta fue la primera victoria. Los gobiernos de Vichy y de Berlín no podían obstinarse en cerrar los ojos a la resistencia de los empleados de los ferrocarriles. Esta había alcanzado tal grado de eficacia, que las autoridades se veían obligadas no sólo a tenerla en cuentam, sino a revelársela al país.
Esto es lo que pensaba Louis con satisfacción aquella mañana. Louis, un obrero de la vía que, con su jefe, alias Athos, y su más inmediato colaborador, Camargue, formaban la dirección de una red eficaz. Ahora precisamente acababa de colocar una bomba en el cilindro de una locomotora. Y mientras esperaba el resultado leía con aplicación, con aire inocnete, un gran cartel aparecido de la noche a la mañana, que aún tenía la cola de pegar fresca:

Por el País.
Por tu familia.
Por tu abastecimiento.
POR TI, FERROVIARIO,
hay que emprender y ganar
LA LUCHA CONTRA EL SABOTAJE.

El tono de la frase era paternal. El sabotaje se presentaba en ella como la actividad de algunas ovejas descarriadas. Sugería la unión contra estos energúmenos de todos los fieles súbditos del Mariscal.
En ese punto de sus reflexiones estaba Louis cuando sonó la explosión; 200 metros más allá, la bomba magnética había cumplido su deber. La deflagración fue tan violenta, que el cartel, súbitamente desgarrado, quedó colgando como un trapo de la pared.
Pasaron los días, las semanas, y el tono del enemigo cambió. Los buenos consejos dieron paso a las amenazas. Y una mañana, al comenzar su trabajo, los ferroviarios tropezaron con unos carteles de estilo totalmente distinto, cuyo encabezamiento proclamaba:

PENA DE MUERTE A LOS SABOTEADORES

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Durante la guerra, todos los ferroviarios franceses, guarda-agujas, peones camineros, mecánicos, maquinistas y jefes de estación recurrieron a tretas y sabotajes para desorganizar los transportes militares elemanes.

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Continuará...

Fuente texto: René Clément y Colette Audry. Traducido del francés y condensado del libro "Bataille du rail", publicado por el Comptoir Français de Diffusión, París. (Gran crónica de la IIª Guerra Mundial de Reader´s Digest, Tomo 3 página 119)
Fuente fotografía: Varias internet.
"La próxima vez, no habrá próxima vez".- Phil Leotardo

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Notapor Falls el Jue Nov 30, 2006 3:15 am

Diez trenes alemanes debían salir aquella noche. Y antes de atardecer se produjeron once nuevos atentados en la estación o en el depósito. Las explosiones eran la nota de la jornada. Se arrancaron vías, una plataforma giratoria quedó destruida y tres locomotoras inutilizadas.

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Al día siguiente, el enemigo respondió colocando centinelas en todas partes para vigilar el material. Además, como medida de represalia, detuvo al azar a seis rehenes.
Albert, el mocetón de Montceau-les-Mines, con su pelambre rizada, estaba engrasando su máquina cuando el centinela le puso la mano en el brazo; apenas volvió la cabeza. Aquello tenía que acabar así; siempre lo supo. Dejó tranquilamente su aceitera, se secó las manos en el mono y siguió a los soldados con paso tardo y pesado.
Ernest, el maquinista, trabajaba debajo de su locomotora. Oyó primero el ruido de las botas, luego el ruido cesó y vio las cuatro botas paradas ante él, con las dos culatas de fusil, tal como se ven los pies de las personas mayores cuando de pequeño se mete uno debajo de una mesa para jugar. En el momento en que el soldado se inclinó para llamarle, tuvo un movimiento de retroceso, como para hundirse en las entrañas de la máquina y desaparecer en su noche protectora. Pero no hubo milagro. El sabía bien que no habría milagro.
Al empleado Charbin fueron a buscarle detrás de su ventanilla, cuando estaba escribiendo en un libro registro cuadriculado con su bella y perfecta caligrafía. A la primera palmada dada en la ventanilla no se movió. Quizá quería acabar una palabra; quizá pensaba que aquello no corría prisa; quizá lo había comprendido todo y se tomaba tiempo para reunir fuerzas. Al segundo golpe se irguió, despues de haber colocado delicadamente su cortaplumas en el tintero.
Se llevaron también a Henri, que aún no tenía diecinueve años. Leyeron tan claramente el deseo de huir en sus ojos que le cogieron a cada uno de un brazo y le dieron un empujón. Después de esto y hasta el final se portó como un hombre.
Luego pasaron al vestuario a prender a Lesourd y a Perreux, que se estaban vistiendo en aquellos momentos porque habían estado de turno durante la noche. Es duro que le detengan a uno cuando ha pasado la noche sin dormir, pero como eran dos, cada cual se sintió un poco amparado y no perdieron el aplomo.
Unos minutos después avanzaban los seis en fila a lo largo del andén, escoltados por soldados, y los compañeros paraban el trabajo para verlos pasar.
Iban ahora los seis a la altura de los almacenes de facturación, de cara a la pared. Resonó una orden el alemán y oyeron a los alemanes mover sus pies y sus armas detrás de ellos.
Chirrió una bomba neumática. La inmensa estación hormigueaba y zumbaba como de ordinario. Dentro de unos minutos se oiría el silbido del expreso de las 10 h 27. Todo era exactamente como de costumbre. Todo continuaba y continuaría. Para seis hombres únicamente sólo quedaban aquellas órdenes en lengua extranjera que les depojaban de su vida. Y aquella pared, ante ellos, que los aislaba del mundo. Una orden más en alemán. Luego unas salvas. Y el choque blando de los cuerpos en la tierra.

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Al ruido de los tiros, el trabajo se había interrumpido en el depósito de locomotoras. En sus máquinas, maquinistas y fogoneros contemplaban petrificados aquella fila de seis hombres..., cinco..., ahora cuatro. Cuatro hombres que hubieran podido ser ellos. Cuatro espaldas inmóviles que esperaban.
Y ellos, durante este tiempo, impotentes, humillados ante aquel espectáculo que ejecutaban ante ellos para "enseñarles a vivir". Lampin, el maquinista, no aguantó más. Tocó el silbato de su máquina. El pitido desgarró el aire largamente. Luego otra vez..., y otra. el pitido resonaba en el aire como un reclamo. Y de pronto el vecino hizo otro tanto; había comprendido.
Entonces todas las locomotoras respondieron. Fue una inmensa lamentación aguda que hacía trizas los nervios, como si el cielo aullara. Hubiera uno querido taparse los oídos. Pero, de haberlo hecho, hubiese sido una cobardía. Aquel era el saludo fraternal de los camaradas que hacían saber a los que iban a morir que para ellos también todo había cambiado. Y que se acordarían.
En el P.M., los "banof" están agobiados. Ordenes, contraórdenes, amonestaciones, llueven de la "Transportkommandantur". Cada día, en efecto, los retrasos son más numerosos y los sabotajes más audaces. Los ferroviarios tenían ahora una coartada: deterioraban el material fuera de las estaciones y todo se inscribía en la cuenta del maquis.
En esto llegó un buen día, bajo sobre cerrado, una orden de la T.K. para formar un convoy de doce trenes con el nombre de "Apfelkern", el primer tren llevando el número S 1504-322-345-SPS. Como de costumbre, el "banof" Weissmüller transmitió la orden a dos empleados de tracción y de explotación y vigiló sus conversaciones telefónicas.

-Ya te había dicho yo que preparaban un embarque de tropas- susurró Camargue-. No pasarán inadvertidos los doce trenes. Solo es preciso dejar actuar al maquis.
Athos movió la cabeza. Se había acercado al mapa y lo estudiaba atentamente.

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- No van a ser tan locos que vayan por la línea principal - dijo -. Saben que les espera. Intentarán dar un golpe de audacia yendo por la vía única. El trayecto es más largo, pero creerán que es más seguro. Se las dan de listos. Y ¿ves el puente de Corbin? - añadió -. Bastaría volarle.
Camargue se avergonzaba ya de haber pensado en dejarle al maquis la tarea de ocuparse del convoy.
- No comprendo cómo el maquis no ha volado ese puente - refunfuñó -. Quizá podríamos...
Se cortó en seco ante la risa silenciosa de Athos y se llamó a sí mismo imbécil.
En este momento el "banof" les alargó un papel.
- Dirección estación de Corbín - leyó Athos, y añadió en voz baja -: ¿No te decía yo que tomarían la vía secundaria?
Mediada la jornada, Camargue, para desentumecerse las piernas, y a pesar del calor, fue a dar una vueltecita por las vías de selección de material. Asistió de este modo a los últimos preparativos. Los trenes acababan de ser formados. Las tropas alemanas terminaban allí mismo el cargamento, subían a los vagones las cajas de municiones y los bidones de gasolina y a las bateas, los tanques y los cañones antiaéreos, que camuflaban con ramaje. Los alemanes, a pesar de sus pamtalones cortos, sudaban a chorros bajo los fardos y la granizada de órdenes que les daban sus oficiales. En cuanto alguno se paraba para tomar aliento, un "schnell!" restallante como un latigazo le recordaba su deber.
Camargue volvió a su despacho en el instante en que sonaba el teléfono; Athos descolgó el auricular, y la sonoridad del aparato permitió que todo el personal de la oficina, aguzando las orejas, pudiese oír la comunicación.

-¡Oiga! Aquí la estación de Corbin. Acaban de volar el puente.
-¡Siempre lo mismo! - gruñó el "banof" corriendo el mapa.
- El convoy "Apfelkern" no podrá ya tomar la vía única - dijo con tono indiferente -. Habrá que utilizar la línea principal.
- Ya lo sé; he comprendido - respondió Weissmüller, irritado.

Estudió el mapa milímetro por milímetro, con la esperanza de descubrir un camino en el que nadie hubiera pensado. Imaginaba la escena: la rabia de aquellos franceses, furiosos al ver sus esperanzas frustradas y al tener que reconocer que un alemán sabía su oficio mejor que ellos. Pero el resultado de su estudio fue negativo.


Continuará...

Fuente texto: René Clément y Colette Audry. Traducido del francés y condensado del libro "Bataille du rail", publicado por el Comptoir Français de Diffusión, París. (Gran crónica de la IIª Guerra Mundial de Reader´s Digest, Tomo 3 página 119)
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Notapor Falls el Jue Nov 30, 2006 3:16 am

A las 5 h. 55 de la tarde, el empleado del puesto 1, desde lo alto de su cabina de cristal, vio desfilar a sus pies el primer tren del convoy, listo y empenechado, y cogió el teléfono:

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-¡Oiga! ¿El P.M.? Puesto 1. Tren S 1504, a las 5 h 55.
-Esta vez, su convoy sale a la hora - confío amablemente Camargue, que habia cogido la comunicación, al "banof" que acudió a su lado.
El rostro del alemán se iluminó. El convoy "Apfelkern" le había causado ya bastantes preocupaciones, imponiéndole un trabajo de mil demonios. Pero al fin había salido, y había salido en punto. Ninguna locomotora estalló en el último instante, ningún vagón de municiones fue volado. Qué sana e intensa satisfacción la de saber que su tarea se había cumplido sin dificultades. Sin duda, habría que contar con que la línea principal estaría infestada de terroristas; pero el convoy iba bien armado. Quizá tuvieran miedo. Quizá no sucedería nada. Y se sumió en un beatífico ensueño.

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-Aquí la estación de Lorme - anunció el altavoz -. La vía acaba de volar un kilómetro más abajo.
El rostro laxo de Weissmüller se puso rígido. Sin embargo, estaba acostumbrado a los altavoces en su país. La voz potente y bonachona, dominando el rumor, resonaba bajo la bóveda de las estaciones llena de solicitud hacia los viajeros, pero firme, paternal y grave como la justicia. Clasificaba, seleccionaba, estacionaba y dirigía a la muchedumbre dócil. Siempre lo había juzgado como el símbolo del orden alemán. Pero la voz entrecortada de los altavoces franceses le parecía tener un eco socarrón y maléfico. No parecía ser ésa la opinión de Camargue, quien apenas quedó el altavoz en silencio se abalanzó a su teléfono:

-¡Oiga! ¿Puesto 3? Haga entrar en vía muerta al S 1504.

El alemán, volviendo a la realidad, gritó:

-¡No! ¡Nada de vía muerta! ¡Desvíen! ¡Desvien!
- ¡Vaya!- pensó Camargue-. Parece que no ha perdido el tiempo antes mirando el mapa. Vuelta a empezar ahora. En fin, por lo menos, estas tres horitas de retraso ya no hay quien se las quite.-
-¡Desvien!- repitió el alemán.
-Sí, hombre, sí. Eso es: devíen por Saint-André- zanjó por último Athos con indiferencia.

Weissmüller salió dando un portazo. Cuando el ruido de sus pasos se extinguió por el pasillo, Athos se inclinó hacia Camargue:

-Has comprendido, ¿no?- dijo a media voz.
-¿Voy?- preguntó Camargue con esperanza.
-Ahora mismo.
-¿Salgo ahora?
-Ahora mismo, te digo. No hay un minuto que perder.

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Al día siguiente, por la mañana, el altavoz anunciaba con voz jadeante:

-¡Oiga! Aquí la estación de Saint-André. Pongo en su conocimiento que han venido "esos" y han cortado la vía por dos sitios. Volaron una locomotora y ocho vagones.
Así, pues, ya no había paso para el 1504: el puente de Corbin desplomado en la vía secundaria; la línea principal estaba obstruida. El "banof" daba patadas contra el suelo.

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-Hay que reparar y despejar inmediatamente la vía - ordenó fuera de sí.
-Necesito que lleven inmediatamente a Saint-André una grua de treinta toneladas - vociferó Weissmüller-. Lo exijo. ¡Orden de la "Transportkommandatur" y del Führer!

Unas horas más tarde, el tren grúa llegaba a Saint-André.

-¿Cuanto tiempo se necesita para quitar de en medio todo eso? - preguntó el "banof".
"Todo eso" eran la pequeña locomotora y los ocho vagones de la víspera, que estaban desparramados por todas partes como las piezas de un juego de arquitectura. Nada del otro mundo en resumidas cuentas.
-Tres horas- dijo el capataz levantando tres dedos.
-Bueno, bueno- dijo un joven "banof" llegado en el tren grúa. (Era evidente que había temido que durase más).

Continuará...

Fuente texto: René Clément y Colette Audry. Traducido del francés y condensado del libro "Bataille du rail", publicado por el Comptoir Français de Diffusión, París. (Gran crónica de la IIª Guerra Mundial de Reader´s Digest, Tomo 3 página 119)
Fuente imágenes: Capturas de la película "La bataille du rail" de René Clément
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Notapor Falls el Jue Nov 30, 2006 3:16 am

Pronto estuvo emplazada la grúa y lista para levantar el primer vagón. Se pasaron las cadenas en torno a este. La maniobra comenzó. Las cadenas se tensaron: el vagón vaciló imperceptiblemente. Chirriaron las cadenas y toda la pesada armazón.
"Puf-puf", hacia la grúa. El volante giraba. El joven "banof" mirando la operación, ni siquiera pestañeaba.
Como un terrón de azúcar entre las puntas de una pinza, el vagón se alzó del suelo. El joven alemán, admirado, abrió la boca y luego sonrió.

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Se vio bascular la grúa. Lentamente, el brazo recorrió una trayectoria majestuosa, y la enorme maquina, ante el asombro general, se tumbo como una jirafa herida. En el momento de tocar el suelo resonó una sorda explosión, que hizo acudir de todas partes a los obreros dispersos.
-¡Ay, señor…! ¡Sabotaje! ¡Sabotaje!- gritaba el joven "banof", ciego de ira, al capataz-.

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Despéjeme todo eso inmediatamente-añadió
"Eso" era ahora todo lo que no se había podido quitar antes mas la mole de la grúa atravesada en la vía.
El capataz empezaba a hartarse.
-¿Despejar?- le dijo -. ¿Con qué? ¿Con hilo bramante? Ahora hace falta otra grúa para llevarme esa. Y una mayor, de cincuenta toneladas esta vez. ¿Comprende?
Luego fue a reunirse con su gente, mientras que el "banof", a punto de llorar, meditaba sobre la situación.
Hay que reconocerlo. Estuvo a la altura de las circunstancias, y para ser su primera actuación, superó a Weissmüller. Después de haber pasado veinte minutos en la cabina telefónica, de donde salio sudando a chorros, consiguió que le enviaran una grúa de cincuenta toneladas. No quedaba mas que esperarla. El convoy "Apfelkern" esperaba también.

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Sin embargo, todo acabó por llegar. Cuando la grúa de cincuenta toneladas hizo majestuosamente su entrada en la estación de Saint-André, el joven "banof", abalanzándose sobre el capataz a su descenso del tren, le espetó la pregunta que le había hecho al anterior, la pregunta de siempre:
-¿Cuánto tiempo?
-No crea que tardará tres horas, se lo aseguro. Aun trabajando de noche, no habremos terminado antes de mañana, ya anochecido.

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-¡Es imposible!- gritó el alemán.
-¿Imposible? Lo que es imposible es ir más deprisa.
-Le doy veinticuatro horas- declaró el joven.
El capataz se encogió de hombros y no se tomó la molestia de seguir discutiendo.
-Vamos con ello- dijo a sus hombres.
El emplazamiento de la grúa comenzó.
En los taludes florecidos de amapolas, a ambos lados del convoy, había comenzado una vida de camping. Los hombres se habían puesto primero a hacer la colada, y la ropa tendida se secaba en la pradera. Luego se quitaron las botas y estaban todos con el pecho al aire tendidos en la hierba, como sus camisas, tomando baños de sol.


Fuente texto: René Clément y Colette Audry. Traducido del francés y condensado del libro "Bataille du rail", publicado por el Comptoir Français de Diffusión, París. (Gran crónica de la IIª Guerra Mundial de Reader´s Digest, Tomo 3 página 119)
Fuente imágenes: Capturas de la película "La bataille du rail" de René Clément



La historia es un poco más larga, resume prácticamente toda la película pero lo dejaré aquí pues nos hacemos una idea más o menos clara de lo que fue esta lucha que mantuvo el pueblo francés contra el invasor, quizá supieron defender mejor el pais que su propio ejercito.

Saludos.
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