Publicado: Mar Mar 22, 2016 3:30 pm
Capítulo 52
Jules Bayac era un luchador por la libertad.
Era poco más que un niño cuando en 1933 consiguió el carnet del Partido, recompensa por su lucha contra la tiranía y la opresión. En 1936 había escuchado la llamada de la Internacional y había acudido a España, donde había luchado durante dos años en el batallón Louise Michel, con el que había combatido por toda España. Había sido ascendido a teniente, siendo considerado uno de los mejores hombres del batallón, excelente comandante y mejor comunista, destacando por ser uno de los más concienciados brigadistas del batallón.
Pero al volver a Francia Jules había roto con sus antiguos camaradas. No había vuelto a reunirse con sus compañeros, no se presentaba en las reuniones del Partido, e incluso llegó a presentar su renuncia. Luego desapareció. Ni su familia, ni sus antiguos amigos —a los que repugnaba el comportamiento de Jules tras su vuelta de España— habían mantenido contacto con el brigadista, que parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Porque Jules Bayac ya no se llamaba así. El Partido le había ordenado que pasase a la clandestinidad y le había proporcionado nueva documentación, y ahora se llamaba Jacques Lernel, un obrero en una fábrica de cerveza en la pequeña ciudad de Saint-Dizier. Allí tampoco tenía amigos y no se relacionaba con mujeres. Hasta había sido considerado un esquirol que desoía las órdenes del Partido de oponerse a la participación en la guerra. Sin embargo, el supuesto belicista, como buen traidor, había conseguido eludir la movilización aduciendo una enfermedad pulmonar —se había entrenado en toser muy convincentemente, y un pequeño corte le había ayudado a escupir sangre—. Tras el armisticio había seguido trabajando en la fábrica.
Jules, ahora Jacques, se había convertido en un empleado de confianza que recorría las localidades cercanas para adquirir el cereal y el lúpulo que aromatizaba la bebida. Tarea que le iba que ni pintada, porque a Jacques solo se le conocía una afición: recorrer las carreteras cercanas a Saint-Dizier con su baqueteada bicicleta. Hiciese el tiempo que hiciese, los domingos dejaba a primera hora el cuartucho en el que vivía como realquilado, llevando un zurrón con un poco de pan, queso y vino, y no volvía hasta el anochecer.
Lo que nadie sabía era que muchas de sus excursiones finalizaban en una granja perdida en uno de los extensos bosques que había al sur de la ciudad. Una vez en la espesura, tomaba un mal camino, realmente un antiguo cortafuegos cubierto de maleza, hasta llegar a una granja en la linde de la espesura. En la granja les recibía Pierrot, un hombre entrado en años al que Jacques no conocía, pero al que le suponía un pasado parecido al suyo. Como también lo tendrían los otros ex brigadistas —a varios de los cuales Jacques conocía de España, habiendo recomendado al Partido su selección— que también habían recibido la orden de pasar a la clandestinidad, y que los días festivos acudían a la granja.
Jacques, a pesar de su juventud, era el líder de la célula, que se entrenaba en el bosque en luchar con armas y sin ellas, en el sabotaje y en el empleo de explosivos. Al final del día dejaban las armas ocultas en un hueco bajo el piso de una leñera, y tras dejar marcas ocultas que les alertarían de visitas intempestivas, se despedían hasta la semana siguiente.
Un mal día Jacques llegaba de su recorrido por las granjas de las cercanías, tras haber pasado el día discutiendo con campesinos que ponían precios imposibles a la cebada que tenían en sus graneros. Pasaba por delante de la cantina —en la que raramente se detenía— cuando un desconocido le saludó.
—Jacques ¿cómo puedes pasar sin saludarme? ¿No te acuerdas de mí? Soy André Courteline. Fui tu compañero en la escuela.
El interpelado detuvo su bicicleta y saludó alegremente a André.
—André, perdóname porque no te había visto, pero es que hay tan poca luz ¿Cómo no iba a reconocer a mi amigo de Dijon? Qué tiempos los de la escuela…
—Volvemos a juntarnos los de la Champolion —dijo André. Jacques siguió la insustancial charla, pero asintió silenciosamente. Los nombres de la ciudad y de la escuela eran las claves con las que reconocería a los enviados del Partido. Los dos entraron en la cantina y tras tomar un poco de vino, el llamado André le invitó a visitarlo en el hotelito en el que se encontraba con el pretexto de ser un vendedor de vinos.
—Camarada —dijo el emisario tras comprobar que no había oídos indiscretos—, se acerca el momento de la verdad. Mañana llegará otro compañero al que debes buscar un alojamiento seguro. Llevará una radio e instrucciones para actuar.
Jules Bayac era un luchador por la libertad.
Era poco más que un niño cuando en 1933 consiguió el carnet del Partido, recompensa por su lucha contra la tiranía y la opresión. En 1936 había escuchado la llamada de la Internacional y había acudido a España, donde había luchado durante dos años en el batallón Louise Michel, con el que había combatido por toda España. Había sido ascendido a teniente, siendo considerado uno de los mejores hombres del batallón, excelente comandante y mejor comunista, destacando por ser uno de los más concienciados brigadistas del batallón.
Pero al volver a Francia Jules había roto con sus antiguos camaradas. No había vuelto a reunirse con sus compañeros, no se presentaba en las reuniones del Partido, e incluso llegó a presentar su renuncia. Luego desapareció. Ni su familia, ni sus antiguos amigos —a los que repugnaba el comportamiento de Jules tras su vuelta de España— habían mantenido contacto con el brigadista, que parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Porque Jules Bayac ya no se llamaba así. El Partido le había ordenado que pasase a la clandestinidad y le había proporcionado nueva documentación, y ahora se llamaba Jacques Lernel, un obrero en una fábrica de cerveza en la pequeña ciudad de Saint-Dizier. Allí tampoco tenía amigos y no se relacionaba con mujeres. Hasta había sido considerado un esquirol que desoía las órdenes del Partido de oponerse a la participación en la guerra. Sin embargo, el supuesto belicista, como buen traidor, había conseguido eludir la movilización aduciendo una enfermedad pulmonar —se había entrenado en toser muy convincentemente, y un pequeño corte le había ayudado a escupir sangre—. Tras el armisticio había seguido trabajando en la fábrica.
Jules, ahora Jacques, se había convertido en un empleado de confianza que recorría las localidades cercanas para adquirir el cereal y el lúpulo que aromatizaba la bebida. Tarea que le iba que ni pintada, porque a Jacques solo se le conocía una afición: recorrer las carreteras cercanas a Saint-Dizier con su baqueteada bicicleta. Hiciese el tiempo que hiciese, los domingos dejaba a primera hora el cuartucho en el que vivía como realquilado, llevando un zurrón con un poco de pan, queso y vino, y no volvía hasta el anochecer.
Lo que nadie sabía era que muchas de sus excursiones finalizaban en una granja perdida en uno de los extensos bosques que había al sur de la ciudad. Una vez en la espesura, tomaba un mal camino, realmente un antiguo cortafuegos cubierto de maleza, hasta llegar a una granja en la linde de la espesura. En la granja les recibía Pierrot, un hombre entrado en años al que Jacques no conocía, pero al que le suponía un pasado parecido al suyo. Como también lo tendrían los otros ex brigadistas —a varios de los cuales Jacques conocía de España, habiendo recomendado al Partido su selección— que también habían recibido la orden de pasar a la clandestinidad, y que los días festivos acudían a la granja.
Jacques, a pesar de su juventud, era el líder de la célula, que se entrenaba en el bosque en luchar con armas y sin ellas, en el sabotaje y en el empleo de explosivos. Al final del día dejaban las armas ocultas en un hueco bajo el piso de una leñera, y tras dejar marcas ocultas que les alertarían de visitas intempestivas, se despedían hasta la semana siguiente.
Un mal día Jacques llegaba de su recorrido por las granjas de las cercanías, tras haber pasado el día discutiendo con campesinos que ponían precios imposibles a la cebada que tenían en sus graneros. Pasaba por delante de la cantina —en la que raramente se detenía— cuando un desconocido le saludó.
—Jacques ¿cómo puedes pasar sin saludarme? ¿No te acuerdas de mí? Soy André Courteline. Fui tu compañero en la escuela.
El interpelado detuvo su bicicleta y saludó alegremente a André.
—André, perdóname porque no te había visto, pero es que hay tan poca luz ¿Cómo no iba a reconocer a mi amigo de Dijon? Qué tiempos los de la escuela…
—Volvemos a juntarnos los de la Champolion —dijo André. Jacques siguió la insustancial charla, pero asintió silenciosamente. Los nombres de la ciudad y de la escuela eran las claves con las que reconocería a los enviados del Partido. Los dos entraron en la cantina y tras tomar un poco de vino, el llamado André le invitó a visitarlo en el hotelito en el que se encontraba con el pretexto de ser un vendedor de vinos.
—Camarada —dijo el emisario tras comprobar que no había oídos indiscretos—, se acerca el momento de la verdad. Mañana llegará otro compañero al que debes buscar un alojamiento seguro. Llevará una radio e instrucciones para actuar.